LA RECONSTRUCCIÓN

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Cuando comencé, yo aún no lo sabía, pero ahora lo sé: no quiero culpar a nadie ni a nada, y si culpo a alguien, será solo a mí mismo. Pero me hace falta una explicación. No quiero emitir un juicio condenatorio, solo quiero poder juzgar —o al menos, intentarlo—.

Los últimos seis meses de mi vida han sido meses singulares. He reflexionado sobre muchas cosas que antes no me afectaban en absoluto. Cuando el médico me dijo que sí, mire, tengo para usted una mala noticia, pero no hay más remedio, hemos comprobado que se trata de un cáncer, yo ya lo sabía, en realidad. No me dio demasiadas esperanzas, me dijo que debía decidir yo mismo si quería que me operasen —la probabilidad de que todo se desarrollase con éxito, según me dijo, era relativamente pequeña en un caso como el mío. Y además, dijo, no hay ninguna seguridad de que el tumor no se reproduzca de nuevo poco tiempo después. Sin operación, me dio un plazo de entre seis meses y un año.

Yo sabía a qué tenía que dedicar esos meses: a hacer de una vez aquello que había estado posponiendo mucho más tiempo del que debería. La razón de no hacerlo era, sencillamente, mi cobardía, mi sospecha de que, si hallaba lo que debía buscar, no podría vivir con esa certeza. Pero sin ella, tampoco me era posible vivir.

Han pasado ya seis meses. A pesar de todo, espero que todavía me quede el tiempo suficiente para poner en orden las anotaciones que he ido haciendo por las noches, basándome en mis entrevistas, mientras todavía lo tengo todo fresco en la memoria, y mientras el dolor me lo permita. Entretanto he conseguido hablar con decenas de personas, recorrer la mayor parte de Estonia e incluso viajar a Francia. Varias personas me han hecho saber que no querían hablar conmigo, otros se diría que llevaban siglos esperando que yo apareciera, para poder desahogarse finalmente y contar todas esas cosas que llevaban años torturándolos. E incluso me han permitido grabar sus voces, y de esta manera he podido regresar una y otra vez sobre sus conversaciones, dejar que la entonación conjure ante mis ojos los momentos donde se revelan cosas especialmente duras y buscar en los temblores mínimos de la voz los significados fundamentales, lo que hasta ese momento, por un motivo u otro, se me había pasado inadvertido. Me he apropiado de todo aquello que he logrado sacarles con halagos y diplomacia, y luego he compuesto una imagen de gran formato a base de los pequeños detalles, de manera que ahora lo sé casi todo, o al menos todo lo que yo alcanzo a concebir. Nunca habría podido imaginar que en mi interior había un escritor escondido, pero me apresuro en todo caso a reconocer —realmente, iba a acabar saliendo a la luz de todos modos— que cuando he podido elegir si dejar o no huecos y agujeros, no llenar el espacio que queda entre la aridez de los datos y las impresiones glosadas (allí donde no me era posible ser exacto), o bien dar rienda suelta a mis sensaciones íntimas y aplicarlas y usar mi imaginación para reconstruir cómo habrían podido suceder los hechos, en general he cedido a la tentación. Además, la visión de conjunto no cambia en nada. De un modo u otro, la visión de conjunto es siempre la misma. Y lo que no lo sé yo, no lo sabrá nadie.

A veces tengo la impresión, es cierto, de estar corriendo contrarreloj, con la lengua pegada al magnetófono. Las noches en que no tengo vómitos son cada vez menos frecuentes y los analgésicos que tomo cada vez más fuertes. Aparte, a veces no hacen ni falta, porque a estas alturas, mis dolores son tales que me paso días y días sin conseguir concentrarme en nada, pero luego viene de improviso día despejado, incluso a veces han sido varios a la vez, en los cuales me es posible dejar en un segundo plano a la enfermedad, no pensar en ella de continuo. Pero a partir de ahora voy a esforzarme por no molestar con mis problemas de salud. Esta historia no trata de mí.

Quizá recuerden ustedes una noticia luctuosa que se coló inopinadamente en los periódicos hace cinco años, un accidente en la provincia de Viljandi, donde cuatro jóvenes murieron en un incendio. Las víctimas tenían su domicilio en otro lugar, a escasa distancia de donde ocurrió el suceso, en una casa de labranza antigua y aislada, que no gozaba de una reputación especialmente buena entre los habitantes de la zona. No se trataba de ningún antro de borrachos, no, para nada; aquellos jóvenes llevaban una vida relativamente tranquila, especialmente en el año inmediatamente anterior al accidente, solo que ellos mismos eran algo extraños. La casa donde vivían era vieja, de madera, y una vez declarado un fuego en ella, habría sido difícil ponerle freno.

Como uno de los jóvenes que perecieron era el hijo de un político de perfil alto, la prensa no pudo averiguar mucho más al respecto. Los habitantes de la zona hablaron un poco más del tema, desde luego, pero eso es algo que siempre sucede, especialmente cuando se trata de una muerte absurda que afecta a gente joven: es imposible contener el sensacionalismo de los chismosos, que no van a abstenerse de darle a la lengua a cuenta del suceso. Tras los Abedules —así se llamaba el cortijo que se quemó— fue devuelto hace ya varios años a su anterior dueño, cuyo hijo, un joven artista de temperamento bohemio, había decidido convertir la casa en su hogar, y desde el primer momento reunió allí a jipis de todo pelaje y a toda clase de tipos raros, ufólogos, budistas  y los más variopintos investigadores del aura. Todos vivían en aquella casa, sin rozarse en ningún caso con el resto de lugareños, sin molestar a nadie, aunque es cierto que a veces iban corriendo desnudos hasta el lago o bien organizaban picnics en los prados, y bueno, tal vez fumasen marihuana cuando estaban juntos, quién sabe. Pero en un momento dado empezaron a aparecer por allí cada vez más gente de esa… en fin, bueno, más bien era una mezcla: algunos, digamos, creyentes, y otros pocos digamos que no del todo creyentes.

Fue entonces cuando sucedió esta historia. El accidente acerca del cual yo tenía que averiguar todo lo humanamente posible antes de marcharme. Para poder esclarecer toda la cadena de acontecimientos que se desarrollaron hasta ese momento. Porque de hecho, por supuesto, las cosas fueron distintas. El incendio ya había empezado cuando repararon en él por casualidad, y por eso, la casa pudo arder con bastante rapidez. Nada en este mundo habría podido impedir a sus habitantes salir corriendo por la puerta y salvar la vida.

Además, hay que decir que cuando dio comienzo el incendio ellos ya estaban muertos. Sus cuerpos yacían en paralelo en la segunda planta de la casa, en el dormitorio grande, en una pose forzada, como si les hubiera dado un calambre, y cada uno de ellos tenía una maletita hecha y una carta metida en el puño: yo, fulanito de tal, he pagado todas mis deudas con este mundo y puedo presentarme ante el rostro de Dios con el corazón limpio. Todavía es más: en otra de las habitaciones del primer piso también fue encontrada una quinta maleta, y una quinta cartita al lado de una maleta tirada en el suelo. Aunque no, eso se queda para más tarde —no vale la pena precipitarse—.

Quizá les interese saber por qué sé todo esto. Pues miren, porque los allegados de los muertos tenían derecho a saber. Y una de las cuatro personas cuyo trayecto acabó en aquella casa era Anni-Reelika Padrik. Mi hija, la única descendencia que he tenido. Mi princesa.

O mejor dicho, lo que quedaba de ella.

 

  

***

 

Por si acaso me pasé también por el centro de Bachillerato al que había ido Anni, pero a decir verdad, lo hice sin entretener una fe excesiva. Y con razón: en la secretaría no daban los datos de contacto de nadie, y aparte de eso, según me explicó una chica de ojos grandes y un poco tristes, no iba a ser nada fácil encontrar en la misma dirección a ninguno de los compañeros de promoción de Anni. El mismo miedo tenía yo con respecto a la dirección a la que tuve que mandar algo de dinero en alguna que otra ocasión, después de que Anni abandonara la residencia de estudiantes para mudarse a otro sitio. Estaba cerca de Montmartre, pero en el lado del hotel donde nos habíamos alojado con su madre, sino en el contrario: nuestra estación de metro era Château-Rouge, mientras que desde allí, la más cercana era Abesses. No era nada fácil encontrar esa ubicación, y uno acababa agotado subiendo y bajando la pronunciada pendiente de la calle. Pasé por tercera vez por delante del colmado de un árabe, y en todas y cada una estuve a punto de alcanzar mi meta sin conseguirlo. El tendero estaba sentado fumando tras sus expositores de fruta. Al final me di cuenta de que, por mis propios medios, posiblemente no lo lograría. Le pregunté y me miró como a un idiota. El patio correcto estaba a pocos pasos de distancia. Al ver que me iba con las manos vacías, no se abstuvo de expresar su asombro: cómo es que no llevaba vino, si iba de visita. Por si acaso elegí una botella de una marca más o menos cara, cuyo nombre me resultaba al menos familiar.

Sabía que Corinne era la persona a quien buscaba, e incluso la había visto alguna vez, fugazmente. Pero si me la hubiese cruzado por la calle, obviamente no la habría reconocido. Mientras subía a duras penas por la escalera estrecha y chirriante que llevaba al tercer piso, me crucé con una mujer que iba a pasear a su perro. Habría podido tener la edad correcta, y me asusté instantáneamente, pues pensé que podría ser ella, pero en su rostro no había nada familiar para mí. Me dijo hola con un tono amistoso y desprovisto de recelo, y yo le devolví el saludo.

Sin embargo, cuando localicé el piso que buscaba e hice sonar la campanilla, nadie salió a abrir. Qué chasco.

Bajé los escalones lentamente, con la esperanza de oír a mis espalda los sonidos de una puerta abriéndose, pero estos no llegaron. En realidad, yo ni siquiera sabía si Corinne seguía viviendo allí. Sería una auténtica pena que mi odisea parisina se acabara revelando como un brindis al sol.

Cuando traspasé el umbral con la botella de vino en la mano, el árabe me miró con curiosidad.

—¿Es que no estaban en casa?—preguntó.

Yo asentí.

—¿A quién quería ver?—inquirió a continuación—¿A Niculescu o a Corinne?

—A Corinne—afirmé esperanzado.

—Ah, vale—respondió—habría podido decírmelo antes. Corinne llegará sobre las seis hoy. Los miércoles tiene yoga. 

—De acuerdo—dije, antes de mirar el reloj. Me quedaban un par de horas.

—¿Volverá más tarde o se marcha a otro sitio?—siguió preguntando el árabe.

—Volveré.

—En ese caso, podría dejarme aquí la botella de vino—afirmó—. Para qué va a ir arrastrando eso por la calle.

Tiene razón, desde luego, y le devolví la botella. Él miró la etiqueta y meneó la cabeza; ese vino podía regalarlo uno tranquilamente.

Pensé que podía ir a comer algo mientras esperaba y así di con un restaurante minúsculo pero con un aspecto muy agradable en la rue des Trois Frères. Había varios clientes con pinta de franceses, lo cual me hizo suponer que debía de ser bueno. Pero cuando el camarero, que llevaba el pelo recogido en una coletita, pasó por delante de mí por tercera vez, arrastrando perezosamente los pies, entendí la indirecta y me fui. En la misma calle, un par de números más allá, encontré por fortuna un deli vietnamita, donde tanto la dueña como yo, sin dejar de sonreírnos, nos esforzaros por averiguar lo que el otro ofrecía o deseaba, y aunque no lo conseguimos del todo, el resultado fue muy sabroso —eso sí, no me enteré demasiado bien de lo que estaba comiendo. Cuando salí del local ya eran las cinco algo pasadas. Me di una vueltecita para matar el rato y sobre las seis ya había llegado a mi destino. El árabe estaba atendiendo en ese momento a unos compatriotas suyos que parecían muy exigentes, pero cuando me vio interrumpió el regateo y sacó de debajo del mostrador la botella de vino.

—Ha llegado hace un ratito—me dijo—. Le he dicho que la buscaba usted, seguro que está en casa.  

 

[primer capítulo y un fragmento (páginas 64-66)]

Traducido del estonio por Consuelo Rubio Alcover


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