Neverland, la Tierra de Nunca Jamás. Una novela sobre las relaciones humanas

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Algo hay que los hace tenerse en pie. Todo lo demás se derrumba. Aparte, también está esa excitación sofocante, que acabará sepultando al mundo entero. Ellos sienten un anhelo acuciante de actuar, ¡porque algo habrá que hacer, al fin y al cabo! Pero… ¿qué? Eso, ellos todavía no lo saben. Aunque tampoco sepan vivir de otra manera, porque ya están en pie, y su excitación no hace sino aumentar.

 

MARGO

 

Agosto ya estaba finalizando, pero Margo seguía en el chalet. El paisaje iba cambiando a su alrededor. El rocío de la madrugada no se derretía hasta la hora del almuerzo, quizá incluso hasta más tarde. En el huerto, las manzanas se caían de los árboles, y Margo las miraba caer mientras pensaba que tenía que cortar el césped. ¿Qué sería lo correcto, debería recoger las manzanas antes de cortar el césped? Muchas manzanas ya estaban tan podridas que se habían convertido en meros pegotes, y por eso era difícil separarlas del césped. Tal vez debía cortar el césped a pesar de todo, porque de todos modos había demasiadas manzanas, ¿y qué iban a hacer ellos con tantas, qué iban a hacer en general? Margo estaba de pie sobre el césped cubierto de rocío, como si hubiese perdido la memoria, como si él mismo fuera un manzano Krüger, con las ramas absurdamente extendidas y los tenis húmedos. 

La última vez que había estado en este mismo huerto con su mujer, habían discutido de nuevo. Aunque por lo general sus discusiones derivaban en insultos, seguían con gritos y llantos, y finalmente acababan en una reconciliación en la cama, aquella tarde todo había empezado como de costumbre, pero luego no había habido ni un insulto, ni un grito, ni tampoco reconciliación en la cama.

 

Para el almuerzo, Margo coció patatas e hizo una salsa de carne picada. La ensalada se la saltó y decidió que la sustituiría por un par de manzanas. En ningún momento se le había ido el apetito, quizá todo lo contrario. Desde aquello ya había pasado un mes, pero él seguía aquí, en el chalet, y Elina en la ciudad. El niño, al que ninguno de los dos le había explicado las cosas como es debido, estaba de vez en cuando en un sitio, y de vez en cuando en el otro.

Margo todavía no ha aprendido a hacerse la comida para él solo, sino que sigue haciéndolo todo como siempre, para toda la familia. Por eso come exactamente la misma comida, recalentada, durante tres días, y además, come más de lo que debería. A veces salsa de carne picada, otras albóndigas o boloñesa. La carne picada le gustaba; no es que tuviera nada en contra de los filetes ni de las costillas, ni tampoco del pescado ni del marisco ni de las hortalizas, pero la carne picada le parecía, por decirlo de alguna manera, un plato más propio de él. Sabía prepararla mejor que cualquier otra cosa: entendía de carne picada. Incluso se había planteado, como una posibilidad, el boeuf à la tartar. Por un lado lo tentaba muchísimo, pero por otro, la idea de comer carne cruda le daba asco. ¡Aunque también llegaría el día de probarlo, estaba seguro!

La semana anterior, aprovechando que iba a buscar a su hijo, Margo se había pasado por el mercado y comprado carne picada para llenar el congelador. Luego había dividido los diez kilos de carne picada en treinta y cuatro porciones, y hasta había metido cada cachito en una bolsa de plástico. Contar con esas reservas transmitía a Margo una cierta sensación de seguridad. Aunque todo lo demás en su vida fuese ahora incomprensible y difuso y disperso, al menos la carne picada era algo concreto, frío y abundante.

Entre semana, Margo acudía a la ciudad a dar sus clases, y en días alternos, con muy pocas excepciones, también iba a buscar a su hijo al jardín de infancia. Sin embargo, había empezado a evitar esos viajes a la ciudad. No quería encontrarse con ningún conocido por si le preguntaba cómo le iba. ¿Era posible que se hubiesen enterado de algo? Vaya usted a saber. En cualquier caso, Margo no quería exponerse a esa situación, porque le supondría soltar el típico rollo, pues nada, va fenomenal, ¿y vosotros, qué hacéis el fin de semana?, por qué no nos reunimos, va, venid a casa, podemos hacer una barbacoa. Por otro lado, a Margo le apetecía igual de poco decir sin rodeos lo que pasaba en realidad. No quería que la gente pasara un mal trago por su culpa, y además… ¿qué iba a decirles? Ni siquiera él mismo tenía claro nada al respecto. No paraba de darle vueltas a un único instante, era como un martilleo machacón en la cabeza. En ese momento, la  conversación en el jardín se les había ido de las manos, Elina había perdido los nervios, las manos le empezaron a temblar y la comisura de los labios se le torció. Margo intentó abrazarla, se apretó muy fuerte contra Elina, para sofocar de raíz esa disputa idiota que no los llevaría a ningún sitio, ¡mejor, vámonos directamente a la cama! Ni siquiera hace falta ninguna cama, aquí mismo, en nuestro precioso jardín que con tanto esmero hemos cuidado, bajo los manzanos, ¡sobre este blando césped, los dos podríamos convertirnos en un solo ser, volver al principio de los tiempos! Elina, como siempre, luchó por desembarazarse y finalmente se liberó del abrazo de Margo:

—¡Qué haces, me estás apretando, me haces daño!

—¿Qué pasa?—preguntó Margo. A saber si verdaderamente no entendía lo que pasaba, o si fingía no entender—¿Qué?

—¡Que me estás haciendo daño, deja de achucharme!

—¿Y qué quieres que haga, entonces?—Margo no conocía ninguna otra forma de comportarse, ¡y tampoco hacía falta encontrar otra forma! Así, él se sentía muy bien, y para Margo resultaba inconcebible que Elina no se sintiese igual de bien. 

—Quiero hablar contigo.

—Por supuesto, luego hablamos—dijo Margo, para distraer la atención de Elina, y comenzó a acosarla de nuevo. Elina tuvo que utilizar los brazos para protegerse, los puso delante de sí y a la vez distanció la pelvis y el trasero todo lo que pudo del cuerpo de Margo. Margo siguió haciendo avances, Elina retrocedió hasta colocarse bajo la copa de un manzano blanco-transparente, donde sus cabellos se enredaron entre el ramaje. Fue entonces cuando la siguiente frase explotó y salió de las entrañas de Elina, rajándole la carne y el hueso, el cerebro, los sueños, todo:

—¡No te quiero!

—¿Cómo dices?—repuso Margo, cuyo ímpetu inicial disminuyó por culpa del susto, sin desaparecer del todo.

—¡Para ya! ¡A mí no me gusta! ¡A ver si lo entiendes de una vez!

—¿En qué sentido?—preguntó Margo, en un intento por comprender, pero como seguía sin comprenderlo, volvió a preguntar—¿En qué sentido?

—En ningún sentido. ¡Nunca me ha gustado hacerlo contigo!

Al final Margo paró, e incluso retrocedió. Se miraron el uno al otro a través de las hojas de los árboles. Estaba claro que Elina no lo había dicho simplemente por hacer daño. Pero, si no era por eso, ¿para qué? ¿Cómo que nunca le había gustado? ¡Sencillamente, no era posible! ¡Dos personas que han vivido media vida juntos, y de repente viene con esas! Frases así solo las decían los actores, en las películas. Pero Margo no estaba en una película, allí no había cámaras, no había arreglos de sonido ni de iluminación, solo estaba esa frase que le había llegado con cierta demora, describiendo antes una parábola. Incluso era posible que esa frase nunca hubiera acabado de llegar a su destino final, sino que siguiera su trayectoria, siempre adelante, enterrándolo todo a su paso.

Margo podía no comprender sus razones en ciertos momentos, discutir con ella, pelearse. Pero en esta situación concreta, no había nada que preguntar, ni que precisar, ni que explicar, sino que las cosas eran así, como Elina las presentaba. Se quedaron observándose fijamente durante un rato. Por fin, Elina salió de debajo del árbol, cogió sus cosas y se marchó a la ciudad. Margo se quedó en el jardín, con una sensación imprecisa de vacío, y también de fracaso, como si lo hubieran suspendido. Margo ya tenía esa intuición antes, pero ahora se había confirmado del todo.

 

¿Qué le quedaba por hacer en esta vida, aparte de salsas de carne picada? ¿Qué hace la gente en las películas, cuando se ve en casos parecidos? Y en un sentido más general, ¿qué personaje encarnaba él? ¿Sería el héroe? ¿El perdedor? ¿El luchador? ¿El que se retira con la cabeza bien alta? Margo abrió el congelador y sacó un pegotito de carne picada para la cena. Lo puso en la pila, bajo el grifo, para que se descongelara. Oyó el sonido del teléfono que llegaba desde la mesa de la cocina, era su madre. Porque últimamente, hay que decirlo, sobre todo lo llamaba su madre, pero ella lo hacía a diario, varias veces seguidas.

 

 

 

 

LEENA

 

Leena había tomado la decisión de dejar el teatro por voluntad propia. En un momento dado, había comprendido que era hora de abandonar. A pesar de que muchos colegas le decían: ¡pero adónde vas, por qué, no te vayas! Leena se marchó, porque entendió que se le estaba acabando el fuelle, cosa que en realidad también habían entendido los que le decían: ¡adónde vas, por qué! No le agradaba irse, pero al final, el miedo ganó la partida: si alguien le tomaba manía o empezaba a verla como un estorbo, pensaba, podrían acabar despidiéndola. O bien la mantendrían, pero no le darían papeles. De esto último ya había recibido señales evidentes y bien visibles.

La última producción en la que Leena participó fue “La gaviota” de Chejov. Cuando en el teatro se corrió el rumor de que en esa temporada iban a montar “La gaviota” y que ella también estaría en el elenco, de inmediato le cruzó la mente un pensamiento, ¿no le pedirían que interpretara a Irina, verdad? Siempre había soñado con ese papel, e incluso hoy seguía haciéndolo. Algo había en Irina que le resultaba reconocible y próximo, que la cautivaba. Leena comprendía que por razones puramente relacionadas con la edad no iba a poder interpretar a Irina, y pese a todo, ese pensamiento le cruzó la mente. Porque se trataba de un director vanguardista, que a menudo retorcía las cosas hasta darles la vuelta, redistribuía las líneas argumentarles, incluía personajes procedentes de otras obras, recortaba aquí y allá. ¿No podía Irina, tal vez, ser mayor? Ah, eso habría sido tan oportuno, tan simbólico… una actriz que interpreta a otra actriz, y después de ese último papel, Leena abandonaría el teatro con una actitud serena y contenida, sin portazos, sin llantos, sencillamente se iría a su casa un día, y al siguiente no volvería a trabajar.

Cuando se publicó la distribución de los papeles de la obra en el tablón de anuncios, se supo que a Leena le correspondía el papel de Polina Andrejevna. Evidentemente, ella se alegró de que le asignaran ese personaje, porque a ojos de Leena, Chejov era uno de esos autores en cuyas obras uno puede interpretar hasta al postillón que aparece una sola vez, en el umbral de la puerta, o incluso a la puerta misma. En general, Leena idolatraba los clásicos rusos. Solo ellos lograban exponer los misterios del alma humana, la grandeza, la vileza, la tragedia, la felicidad, todo lo que hay dentro de una persona, lo que había dentro de ella misma.

Durante toda la fase de ensayos, Leena padeció a causa de un sentimiento de confusión, sufrió por el miedo a no estar a la altura. Siempre le había pasado, siempre, con cada uno de los papeles que había interpretado. Pero ahora le pasaba algo insólito, el miedo la paralizaba, no conseguía recordar los textos. En casa, o en el autobús, de camino al teatro, repasaba su papel y lo recordaba todo, sin omitir nada, pero una vez estaba sobre el escenario, perdía el hilo. El director era un extraño para ella, no se atrevía a hablar con él de tú a tú, ni tampoco quería hacerlo. Leena despreciaba a esos actores que perseguían al director, le hablaban con escuchitas y le hacían la pelota. Leena era de la vieja escuela. Cuando estudiaba en el Estudio, un docente que a su vez era discípulo de Nevirovitch-Datchenko los había machacado con ciertas consignas, hasta grabárselas a fuego:

—¡Los chanclos de goma, los dejáis detrás de los bastidores! El actor que no quiera formar parte de la troupe, que cree una compañía para dedicarse a los monólogos, o si no, que se pegue un tiro! Si el director da una orden, es para todos, y si un actor le pregunta algo al director, ¡ha de hacerlo en presencia de todos los demás actores! ¡Aquí no hay sitio para las conversaciones por lo bajini, ni hay secretismo que valga! 

Leena opinaba que la autoridad del docente era incontestable, por muchos tacos que este soltara al expresar sus ideas, así que siempre se había mantenido fiel a aquellas directrices. Ahora, sin embargo, le habría gustado muchísimo preguntarle al director: ¿todavía voy por el buen camino, soy válida todavía? Por supuesto, Leena lo habría preguntado con delicadeza, consultándole acerca de algún detalle en particular o de alguna línea argumental, a fin de obtener algún tipo de respuesta. Al final no preguntó nada, porque recordó las palabras del docente, lo cual la hizo sentir con más claridad que nunca que ya no pertenecía a ese grupo, que ya estaba fuera. Veía con nitidez que ni el director ni sus compañeros estaban contentos con ella, tendía a mezclar las réplicas y no reaccionaba a las señales pactadas con los demás.

Una actriz joven que interpretaba a Nina coqueteaba descaradamente con el director. Era algo asqueroso, pero ella no conseguía mirar para otro lado: lo veía, y verlo le recordaba a Lilian. En su momento, esta última se había comportado igual, se ponía muy cerca del director y lo trataba con una familiaridad excesiva. De hecho, lo sigue haciendo incluso ahora. Afortunadamente, Lilian no actuaba en “La gaviota”. El director de actores sabía lo que pasaba entre Leena y Lilian y no las ponía juntas en ninguna producción. ¡Y a pesar de todo, ahí estaba Lilian! Interpretaba a Nina, y se dedicaba a chinchar a Leena encima del escenario, sin cortarse, delante de todos:

—No puedo actuar así; si no me dan las réplicas como toca, es imposible.

La chica tenía razón, ¡pero menuda altanería, menuda frescura! Desde luego, la propia Leena pensaba también que era muy importante que los actores se atuvieran exactamente al texto del autor, que no lo modificaran a su antojo a fin de recitarlo más fácilmente. Pues si lo hacían, el personaje perdería precisión y tensión dramática y fuerza. Todo esto era especialmente importante para ella cuando se trataba de clásicos.

Cuanto más se aproximaba el día del estreno, más sentía ella, en todo su cuerpo, que no iba a poder hacerle frente. Una emoción desaforada y el miedo a olvidar los diálogos la paralizaban, literalmente, y el texto se le borraba de la memoria por completo. El director tampoco podía ayudarla, estaba demasiado ocupado atendiendo a Nina y a Masha y a Irina. Por fin, el director recortó el papel de Polina, que pasó a ser prácticamente inexistente. Por un lado, esto redujo el nivel de ansiedad de Leena; por otro, no hay nada peor para un actor que ver cómo le quitan de las manos un papel a causa de su propia incapacidad. ¡Qué avergonzada y humillada se sentía! Leena ya no se atrevía a mirar a sus compañeros. Por lo menos, ya no le correspondía ningún texto, ni tenía la obligación de recitar nada. Mantenía los labios firmemente cerrados, y además, siempre que estaba sobre el escenario cerraba los ojos.

No se quedó para la fiesta del estreno: cogió las flores y se marchó. Hubiera querido dejar el ramo en el guardarropa del teatro, pero eso habría sido una señal inequívoca de su ultraje, de su rencor. Leena llegó al portal de su bloque y antes de traspasar el umbral de la entrada arrojó el ramo a un gran contenedor de basura. Las reseñas que se publicaron valoraron positivamente y con rigor el montaje, lo cual es bastante poco habitual en la prensa de hoy. También hablaban del trabajo de los actores, pero a Leena no la mencionaban ni una vez. No dijeron nada de ella, ni bueno ni malo. Un silencio como aquel fue lo más difícil de asimilar para Leena. Continuó trabajando en las funciones de “La gaviota” hasta el final de la temporada, y luego presentó su carta de renuncia. El gerente del teatro y el director ejecutivo llegaron a presentarse en casa de Leena para rogarle que les permitiera, al menos, dedicarle una velada de homenaje. En relación con este tema, Leena se mostró inflexible y resuelta:

—¡No habrá ninguna velada!

Lo cual fue un alivio para todos ellos.

Leena siguió yendo a ver las funciones, como siempre. Iba tanto a las obras de otros grupos de teatro que venían de gira, como a las producciones propias. Aunque, claro, ella ya no sentía aquel teatro como propio. Ya no pasaba del patio de butacas, no veía lo que se cocía tras el escenario; la cuarta pared se alzaba ante ella como una muralla. A veces, su hijo la acompañaba al teatro. A decir verdad, las ocasiones en las que Margo iba con ella eran muy contadas. Porque, en fin… Margo no entendía el teatro. Había algo en esa situación que lo alteraba, a menudo se rebullía en el asiento, resoplaba, suspiraba de tedio. También las amigas de Leena habían ido desapareciendo, por un motivo un otro. ¿O acaso nunca las tuvo? Sus amigas habían sido colegas de profesión, y ahora se habían esfumado de su vida a la vez que el teatro. ¡El arte de huir sin dejar rastro! Unas pocas amigas más íntimas de Leena ya veían las funciones desde el más allá, y por eso, ella se había quedado sola en la sala. Veía la obra, veía a la gente, y también ella suspiraba y resoplaba, e incluso farfullaba entre sí, muchas cosas le producían fastidio. En los intermedios siempre había una pausa para tomar café. Esta gente, cavilaba Leena, ¿no vendrá al teatro para tomar café? Porque ahora, lo que pasaba sobre el escenario se le antojaba remoto y ajeno e inerte. El edificio mismo del teatro, con su tamaño y su arquitectura, le resultaba fastidiosos. Desde la restauración de la fachada, aquel edificio le recordaba cada vez más a una fábrica o a algo por el estilo. Y lo que era más curioso todavía: le parecía falaz e incomprensible que allí, sobre las tablas, hubiera alguien encarnando a otra persona, y que ella misma se viera obligada a observarlo:

—¡Pero qué hago yo aquí, mirando a esta gente!—se dijo una vez, indignada, y se marchó después del primer acto. Así se acabó todo: nunca más volvió a poner un pie en el teatro.

 

Leena empezó a interesarse por otras cosas, se puso a investigar su árbol genealógico. Ya se lo había propuesto en anteriores ocasiones, pero siempre le había parecido una empresa tan grande y de tanta enjundia que sencillamente nunca había encontrado el tiempo necesario. Margo le dijo a Leena que en internet había un sitio web llamado Geni, donde podría encontrar el árbol de su familia. Leena lo comprobó y lo vio tan vacío que decidió recopilar información para completarlo ella misma. Acudió a los archivos, trató de hacerse con censos eclesiásticos, así como con testimonios de parientes, y halló unos cuantos. Cuando Leena llegó a la rama de su marido, un sentimiento inexplicable e inopinado se apoderó de ella. Al final llamó a Margo. Por la mañana ya lo había llamado una vez, pero su hijo no había cogido el teléfono.

—Seguramente estará dando clase—pensó Leena—, o en el jardín. ¿Por qué no puede llevarse el teléfono también cuando sale al jardín?—.

Leena no lo entendía, pero no quería repetir la llamada. Sabía que, de hacerlo, Margo le diría:

—¿Por qué me llamas todo el rato? Si veo que me has llamado, espera a que te llame yo luego.

¡No lo iba a llamar!

Leena esperó media hora exacta y luego repitió la llamada. ¡Nada, seguía sin coger el teléfono! Leena escribió “Margo” en un trozo de papel que había sobre la mesita de café. Añadió el número uno, para saber que ya había llamado una vez. Leena sabía que era posible comprobar cuándo uno había llamado a otra persona, y cuántas veces, a través del registro del teléfono, pero nunca había conseguido apañarse. Para ser sincera, nunca había puesto demasiado interés en aprender. Leena siguió deslizándose por entre las ramas de su árbol genealógico, sin dejar de sentir la comezón de que su hijo no la llamara. Leena tomó el papel en el que había escrito “Margo” y añadió el número uno. Trató de descifrar si ese número uno seguía significando que ya había llamado una vez a Margo… ¿o bien significaba, por el contrario, que debía llamarlo una vez?  

 

 

 

ROMAN

 

 

Roman se sentía lleno de un aliento renovado. De un momento a otro sería padre, y eso lo activaba. Todos sus motores estaban ahora en marcha: los antiguos, pero también otros cuya existencia insospechada se le revelaba ahora. Roman notaba a nivel físico, sin bromas, que estaba dispuesto a entregar su vida para defender a su hijo: para él, esa frase había dejado de ser una mera metáfora. Su nivel de empatía, su deseo de proteger, sus ganas de cuidar a otro ser y de amar iban en aumento. Crecían su nerviosismo y su inquietud y su miedo a que algo sucediera, a que todo, quizá, saliera mal.

Iba con Sigrid a la escuela para padres y llevaba a Sigrid con el coche a clase de aquagym. Cuando llegó el momento de hacer la primera ecografía, él estuvo presente. Al ver y oír los latidos del corazón del niño, Roman rompió a llorar; sencillamente, era incapaz de contener el torrente de lágrimas. No había sentido nada parecido desde que Estonia recuperara la independencia. ¡El calado, la potencia de lo que estaba sucediendo eran increíbles! Siempre que acompañaba a Sigrid se quedaba hablando con los médicos durante mucho rato, y lo hacía por un interés genuino, pero también llevado por el deseo de demostrarle a Sigrid lo involucrado que estaba, para convencerla de que debía tener fe en él. Él nunca se convertiría en un padre de los que abandonan a su familia y desaparecen sin dejar rastro.

Todos los días, Roman pasaba por el piso de Sigrid: a veces le llevaba algo, pero otras simplemente iba para hablar, para estar con ella. En la actitud de Sigrid podía leerse un ligero cansancio, y también, quizá, que los cuidados de Roman habían empezado a importunarla. Roman, ciertamente, se daba cuenta de esto, pero no podía remediarlo, ¡no podía hacer nada que contradijera la llamada de su sangre! Todo dentro de él se había puesto en funcionamiento, todo bombeaba, ¡Roman estaba lleno de sangre y de vida! Aunque si miraba en torno a sí, en la dirección que fuera, no veía nada que lo complaciera. En todos los rincones acechaban peligros potenciales. Últimamente, Roman sentía que su tarea consistía en cambiar el mundo, en tratar de convertirlo en un lugar mejor.

Roman leía todo lo que se colgaba en los foros de la Escuela de Padres acerca de la madre, del niño, de la familia. Lo irritaba ver lo poco que se escribía sobre los padres. Por eso, decidió crear él mismo un hilo nuevo: “El período de gestación en el padre”. Rumiaba constantemente sobre ese tema e invitaba a los demás a que discurriesen con él, a que compartieran sus experiencias sobre lo que hacen y sienten los hombres a lo largo de esos nueve meses. En las bibliotecas y en la web también había poca información sobre estos asuntos. A consecuencia de ello, se centró sobre todo en el feto, en el seguimiento del hijo no nacido; eso era lo fundamental. Roman conocía algunos datos con gran exactitud: cuál es el tamaño del cráneo del niño a los cuatro meses, o qué debe comer una mujer que espera un hijo. Usaba el coche para llevarle a Sigrid cantidades ingentes de fruta y verdura, de carne, de pescado, de vitaminas. Roman ayudó a Sigrid a hacer las bolsas cuando tuvo que prepararse para ingresar en el hospital. Intentó meter de tapadillo en la bolsa el disco de Alo Mattisen con las cinco canciones dedicadas a la patria. Y es que, pensó él, si les iban a dar una habitación familiar, también endrían acceso al aula de música: la música favorece la relajación durante el parto. Roman quería que todo estuviera bien planificado desde el principio, también la música. Cada vez que él se iba de su casa, Sigrid sacaba ese disco de la bolsa.

Roman había reparado en el hecho de que Sigrid ya no estaba simplemente displicente con él, sino que lo rechazaba. Roman entendía a Sigrid, había que ser comprensivo con ella. Para las mujeres, esta etapa supone grandes cambios, tanto físicos como mentales. Todo cambia. Estaba el estrés post-parto, y el estrés pre-parto. Roman procuraba hacer todo cuanto estaba en su mano para mitigar ese estrés.

 

 

 ELINA

 

Esa noche, al llegar al piso de la ciudad, Elina se fue directamente a la ducha. Se pasó mucho tiempo allí dentro, gozando del contacto con el agua; se lavó, o mejor dicho, se frotó con energía, y luego se quedó otro rato más bajo el chorro. El agua le hacía bien, el agua no quería nada de ella, se limitaba a fluir.

Por descontado, Elina había experimentado todo lo sucedido como una gran conmoción. No estaba en absoluto preparada para ello. Sencillamente, había ocurrido, y ahora sentía un cierto alivio, una liberación. Por otro lado, también había en ella un miedo indefinido que no sabía interpretar. ¿Acaso le tenía miedo a Margo? O tal vez temía que él hubiera hecho alguna tontería, que hubiera dejado algo irreparablemente destrozado, roto para siempre. ¿O es que tenía miedo a no saber desenvolverse por sí sola?

Para tratar de tranquilizarse un poco, echó mano del ordenador y creó una tabla de Excel en la que introdujo los rendimientos de su trabajo y sus gastos: el leasing del coche, las facturas de la calefacción-electricidad-agua, la tarifa de internet y los pagos de la guardería, las clases de fútbol de Kaarel y los pagos del coro —una actividad por la que que el niño no demostraba demasiado interés, quizá sería mejor darlo de baja. Sin contar  con el leasing del coche, podría hacer frente a todo sola, únicamente con su sueldo. De todos modos, el coche lo tenía Margo casi todo el tiempo, así que podía quedárselo él, o podían devolverlo al parque de automóviles. Elina siempre había insistido en que tenían que andar más, ir a pie a los sitios, porque le daba la impresión de que su familia estaba demasiado apoltronada por culpa del coche. También le parecía que comían demasiada carne. Desde la infancia había oído que los hombres querían comer carne, y era cierto. Ahora podría ahorrar también por ahí: compraría menos carne.

Aparte del dinero, había otros miedos, menores o mayores, que no podían reflejarse igual de bien en una tabla de Excel. Esos pensamientos tendían a entrecruzarse formando un tupido entramado. ¿Se quedaría sin padre Kaarel? ¿Qué significado tenía todo aquello para él? ¿Me convertiré en una madre soltera? ¿Encontraré a otra persona? Por otra parte…. ¿quiero realmente encontrarla? ¿Tengo algún problema? ¿No será que todo se debe a algo mío, interno? ¿No será que lo he estropeado yo todo, por culpa de mi mal carácter, o de mi cansancio? En ciertos momentos, Elina caía en la tentación y se echaba la culpa, se lamentaba por haberle dicho todo aquello a Margo bajo el manzano. En otros momentos, por el contrario, sentía que cuanto estaba pasando era lo correcto, que lo que había acabado por hacer era lo que tendría que haber hecho mucho antes, hacía siglos, acaso deberían haberse separado rápidamente, muy al principio, porque así se habrían evitado muchos malos rollos.

Elina no echaba de menos a Margo como hombre, todo lo contrario: ahora podía dormir tranquilamente y con toda libertad en su cama, sin que nadie la atacara de improviso en mitad de la noche, sin que nadie le pidiera explicaciones por no tener ganas en ese momento, por estar cansada, por querer dormir y nada más, por ser tan fría.

En aquel instante, en el jardín, cuando ella se lo soltó todo, Margo se había quedado petrificado. Con los brazos oscilando laxos a ambos lados del cuerpo, y la mandíbula descolgada. No emitió ni un solo sonido, o si lo hizo, fue apenas un quedo susurro. Ella estaba aterrada; le daba impresión de haber traicionado a su marido, era como si le hubiera cortado las piernas. Elina miraba a Margo con la esperanza de obtener alguna respuesta por su parte, pensando que, en algún momento, las cosas empezarían a aflorar sin previo aviso. Era posible que rompiera a llorar, que tratara de pegarle… aunque Margo nunca había hecho eso, ¿por qué iba a hacerlo ahora, en estas circunstancias? ¿O acaso descargaría la agresividad consigo mismo, intentaría autolesionarse de alguna forma horrible? Irse corriendo al cobertizo, agarrar las tijeras de podar y empezar a cortarse los dedos uno por uno. Eso habría sido de lo más simbólico. Un hombre avergonzado que se corta sus propios dedos, para no poder tocar a nadie nunca más, porque no se siente digno de tocar a nadie. Pero podía haber hecho algo todavía más a propósito y más doloroso: sacar el hacha del tocón de cortar leña y pagarlo todo con sus genitales. Cualquier cosa. No obstante, cuando Margo salió de la parálisis, no pasó nada. ¡No hubo llantos, ni violencia física dirigida a ella, ni tampoco manos amputadas, ni genitales ensangrentados sobre el tocón de la leña, nada de nada! Margo no le preguntó nada a Elina, ni Elina dijo nada. No había nada que decir ni que explicar. Las cosas se quedaron así.

En momentos como este, cuando se quedaba sola y empezaba a culpabilizarse, Elina salía a correr. Se había comprado un iPod y unas buenas zapatillas de deporte, ultraligeras, de las que le hacen sentir a uno como si volara en lugar de correr. Eso hacía desvanecerse como por ensalmo todas las idioteces que se le pasaban por la cabeza. A veces también se llevaba a Kaarel, pero el niño no corría tanto ni tan rápido como ella hubiera querido. Kaarel se cansaba y entonces venían las típicas protestas: no puedo más, tengo hambre, súbeme a tus hombros. Luego empezaba la conversación de siempre, la que sacaba de quicio a Elina, por mucho que ella pusiera todo de su parte para no perder los papeles. Y Kaarel se daba cuenta de ese efecto.

—Cógeme en brazos, ha empezado a dolerme un pie.

—¿Cómo que te ha empezado a doler?—respondió Elina, y de inmediato se percató de lo absurda que era esa pregunta.

—Ni idea, así, sin más. Igual me he caído, no sé. Hasta tengo sangre.

Elina se inclinó para examinar la rodilla de su hijo y le remangó la pernera del pantalón.

—¡No tienes nada! ¡Qué tonterías me estás contando!

—Es verdad, no hay nada—respondió Kaarel, asombrado también por un instante—. Pero tenía esa sensación, como si me saliera sangre. Cógeme en brazos.

—Sé razonable, yo no tengo fuerzas para llevarte en brazos. Ya eres un hombre, has crecido mucho.

Normalmente, con esto se acababan las conversaciones. Al oír esas palabras, Kaarel recobraba súbitamente las fuerzas y se echaba a andar, mejor dicho, a correr. Porque quién no quiere ser un hombre, crecer mucho. Pero en esta ocasión no ocurrió eso.

—Pues llévame a hombros.

—Qué tonterías dices, por favor. No tengo fuerzas para llevarte a hombros.

—Papá sí tiene fuerzas.

Elina hizo una operación de cálculo mental y dijo:

—Claro, papá tiene fuerzas, él te llevará a hombros.

Con esto quedó zanjado el asunto de llevarlo a hombros, pero el tema del padre aún no se había agotado.

—¿Dónde está papá?

—En el chalet—dijo Elina, en un tono de réplica definitiva, pero Kaarel se negaba a dar el asunto por concluido.

—¿Por qué está en el chalet?

Algo había que contestar.

—Porque le gusta.

—Yo creo que no le gusta.

Elina hizo una pausa y se inclinó un poco para acercarse a su hijo:

—¿Y por qué piensas que a papá no le gusta el chalet?

—Es lo que yo creo…—respondió Kaarel.

—Ten en cuenta, Kaarel, que allí él tiene el jardín, su propio jardín…—dijo Elina, tratando por fin de suavizar las cosas.

Kaarel ya no la escuchaba: apartó bruscamente la mano que su madre le había puesto en el hombro y se marchó con mucha prisa, enfurruñado, como si de pronto su cuerpo se hubiese transformado en una carreta llena de tierra, pesadísima, y él se viera obligado a empujarla. Elina fue en pos del niño, intentó por todos los medios que se serenase, trató de dialogar con él. Pero Kaarel no le dirigió ni una palabra más en todo el camino.

Por lo general, Elina iba a correr sola. Salir a correr siempre suponía para ella un esfuerzo algo penoso e ingrato, pero si lograba reunir la fuerza de voluntad necesaria para cubrir los primeros cientos de metros, disfrutaba del resto del recorrido. Elina había leído en algún sitio que el cuerpo de ciertos individuos produce endorfinas mientras corren, lo cual les genera una sensación de felicidad. Ella salía a correr precisamente para no quedarse sentada en casa.

Elina tenía varias amigas que se habían convertido en marujas. La evolución había sucedido de una manera sorprendentemente simple y repentina. Normalmente, la cosa empezaba siempre igual: una mujer daba a luz a un hijo. A partir de ese momento, el aspecto físico y la vida propia de la mujer en cuestión dejaban de importar, todo el tiempo se lo dedicaba al niño. Elina procuró durante un tiempo mantenerse alejada de sus amigas amarujadas, siempre hallaba algún pretexto para no ir a los cumpleaños infantiles, a las reuniones de antiguas compañeras de clase, o cuando quedaban para tomarse el café de la tarde, puesto que el amarujamiento la asustaba. Elina también tenía miedo a los muertos: en los entierros siempre se notaba indispuesta y al final se desmayaba; también evitaba a las personas mayores y enfermas. Cuando su abuela se estaba muriendo, no había encontrado el valor necesario para ir a verla al hospital. Para Elina, el amarujamiento era el preludio de la muerte: lo sentía así, tal cual, con una urgencia física. Todo comienza cuando una empieza a pasarse las sobremesas sentada, en cafeterías, bebiendo un café tras otro, normalmente tocado de Baileys, y comiendo tartas, galletas y merengues, con un único tema de conversación: la crianza de los hijos. Mientras, los kilos se le van acumulando en el trasero, en las caderas, en el vientre, en los antebrazos y en torno al cuello, como guijarros caídos del cielo. Sin hacer apenas ruido, este tipo de mujeres rellenitas también van perdiendo a sus maridos, que se esfuman de pronto y se van a saber dónde, y a partir de entonces es como si nada hubiera pasado; nadie es capaz de explicarse la clase de atracción que pudo unir un día a esas dos personas.

Elina cavilaba: ¿me está pasando a mí también lo mismo? Mi marido ya se ha ido. Sus amigas justificaban el amarujamiento invocando la maternidad, y Elina también era madre. Pero ella nunca había querido que su vida acabara ahí. El caso es que, si observaba a sus amigas marujas, tampoco las veía contentas ni satisfechas, sino malintencionadas. Todas las demás mujeres que no tenían hijos eran, a sus perversos ojos, seres inútiles que malgastaban su propio tiempo y el de los demás. En el último estadio del amarujamiento, ellas mismas empezaban a emplear ese término para referirse a sí mismas: mari. Era una expresión que contenía una parte de verdad y otra de ironía, y al oírla, otras marujas podían echarse a reír y decir a su vez:

—¡Ay, hija, qué mari estás hecha!

Ante lo cual, aquella a la que iba dirigida la exclamación podía replicar:

—¡Ay, perdona, que me da la risa! ¡Tú también estás de lo más mari!

Porque a todos nos hace falta el respaldo de los demás, independientemente de dónde venga este, incluso si nos llega de la boca de otra maruja.

La forma de vestir también se transforma, se esfuman los tops ajustados y los tejanos y aparecen las faldas largas de lana y los zapatos planos, los jerséis marrones, los ponchos, las bufandas y los mantoncitos que envuelven todo el cuerpo como una coraza protectora entre el mundo y una misma. ¿Cuando todo esto le llega, no se puede dar una por muerta? Al tratar de imaginarse la llegada de la muerte, Elina no pensaba en un personaje con una guadaña, sino envuelto en una bufanda de lana y en un poncho marrón, que buscaba a mujeres que vivían sepultadas bajo una capa de grasa y de polvo, como Pompeya. ¡Ah, pero por otro lado, la vida no había hecho más que empezar!

Traducido por Consuelo Rubio Alcover


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